En un encuentro en donde la nostalgia se transforma en felicidad tristona y el aroma a tierra mojada impregna el recinto, se presentaron, en Casa Gemela, los dos tomos de Ahí viene la lluvia / Je’el ku tal le cháko’ (Capulín Editorial, 2025), la más reciente entrega de la artista y ahora consolidada escritora Elena Martínez Bolio. La obra, un artefacto de colección numerado a mano, no sólo registra una vida, sino que la borda con la paciencia de quien sabe que escribir y costurar son, en esencia, el mismo oficio del alma.
Durante la presentación en el recinto cultural ubicado en la colonia Itzimná, María Teresa “Teté” Mézquita Méndez destaca cómo el primer volumen, identificado por el color rojo, tiene una clave de lectura fundamental: la palabra como lluvia. Así como el agua deja huella en la tierra, los textos de Elena sedimentan recuerdos y empapan la memoria.
Teté Mézquita subraya que, quienes conocen a Elena principalmente como artista textil, se sorprenderán al descubrir a una autora que traslada al ensayo y a la narrativa la misma sensibilidad con la que trabaja el bordado.
En la primera parte, “La raíz se parece al viento”, Elena evoca la casa, los abuelos y los objetos heredados. Para Teté, lo más valioso es cómo el bordado aparece aquí como un modo de percepción: “tocar es también recordar, coser es unir tiempos, puntadas y emociones”. El lenguaje ocupa un lugar central, rescatando residuos verbales del habla yucateca que resisten al olvido como restos arqueológicos.
El segundo tomo, de tonalidades verdes, expande este universo hacia temas más complejos. Teté Mézquita señala que en este volumen, específicamente en “Las formas del cuidado”, Elena profundiza en la nostalgia del lenguaje y en historias vinculadas al cuerpo, la maternidad y el paso del tiempo.
Uno de los momentos más emotivos de la reseña de Teté es la mención a la cuarta parte, “La ausencia forma parte de la presencia”. Aquí, Elena aborda la pérdida (incluyendo la trágica muerte de su hermano Kiko) no desde el dramatismo, sino desde una mirada serena y honesta. La muerte y el dolor funcionan como huellas de la experiencia vivida, transformando el cuerpo en un archivo de cicatrices que merecen ser nombradas.

Por su parte, el escritor Will Rodríguez ofrece una semblanza íntima de la autora, describiéndola como una mujer que “hilvana pensamientos sobre telas exquisitas”. Para Will, la percepción del libro es cinematográfica: un anecdotario que desvela la capacidad de Elena para reinventarse a diario.
El también chef y catedrático destaca el valor del libro como arte-objeto, resaltando que el diseño editorial evoca en el lector los flashbacks del pensamiento de la autora. Recuerda con especial cariño las vivencias compartidas en Chumayel, donde la investigación de Elena se volvió palabra, sabor y tejido, dando a luz a huipiles que huelen a cebolla y a fe compartida. Will concluye afirmando que el libro es un testimonio de una época y un homenaje a los seres que habitan el corazón de la artista.
Al tomar la palabra, una conmovida Elena Martínez Bolio confiesa sentirse en deuda con la vida por poder volver tangible lo intangible. “Estos libros me hicieron recordar, volver a los recuerdos verticales: esos que surgen en la mente pero bajan como rayo hasta el corazón”, expresa.
Elena comparte cómo la pandemia y el proceso del cáncer diluyeron sus sentidos, pero no su necesidad de contar. Escribir, para ella, es una forma de heredar la alegría y el oficio a las nuevas generaciones, especialmente a su nieto Tomás, quien llega, en 2025, como lo más puro y hermoso que ha visto.
La presentación cierra con una invitación a la audiencia a conectar con sus propios recuerdos de la lluvia: los charcos con lodo, el pan con mantequilla en la barra de pan francés y los besos robados bajo el aguacero y fuera de la vista de la celestina o chaperona. “Todos tenemos algo de escritores dentro, sólo hay que dejarlo fluir”, exhorta la autora, quien concluye preguntando a todos los presentes: “y a ustedes, ¿qué les hace recordar o sentir la lluvia, sus olores y sonidos?”.
Elena Martínez Bolio ha logrado, con estos dos tomos, crear una cartografía donde el hilo y la palabra trazan el infinito, recordándonos que mientras haya memoria, nunca habrá ausencia total.

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