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Antes de la entrevista: el encuentro con el escritor

octubre 8, 2026

Cuando era estudiante de secundaria, Carlos Martín Briceño fue uno de mis primeros acercamientos a la literatura. Recuerdo haber leído Al final de la vigilia sin imaginar que, años después, la vida profesional me daría la oportunidad de sentarme frente a él, no como lector, sino para entrevistarlo y hablar de su obra.

No es casualidad que hoy sea considerado uno de los narradores más importantes del sureste mexicano. Nacido en Mérida en 1966, ganador del Premio Internacional de Cuento Max Aub y del Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares, integrante del Sistema Nacional de Creadores de Arte y autor de una obra que ha encontrado lectores dentro y fuera de México, Carlos Martín Briceño ha construido una literatura profundamente arraigada en nuestra región, pero capaz de dialogar con cualquier lector porque habla, en realidad, de la condición humana.

Cuando lo entrevisté, apenas habían transcurrido unos minutos y me reveló su manera de mirar el mundo. “Lo que veo en el día a día son historias; historias que hay que contar”. En ese momento volteó hacia una pareja que salía de una estética canina. “Mira a ellos dos, por ejemplo. Los veo y se me ocurre que llevan muchos años juntos, pero que ya solo se mantienen unidos por el perro”.

Esa escena, aparentemente insignificante, explica buena parte de su literatura. Carlos Martín Briceño observa donde la mayoría únicamente pasa de largo, pues su mente creativa lo hace ver historias en todos lados. “Escribo de lo que somos, de lo que vivimos”, me dijo Carlos Martín Briceño, quien muchas veces se apropia de hechos reales para darles voz en primera persona; historias de nuestra cultura, de nuestra comunidad, historias que merecen ser contadas.

“Me excita el olor a mierda fresca de caballo”. Pocas líneas bastan para reconocer su escritura. Es una literatura cruda, que incomoda porque nos obliga a meter la cabeza en el bagazo de nuestra propia existencia, esa que sabemos que es nuestra, pero que pocas veces aceptamos mirar de frente.

“Aunque a veces creo odiarla, es mi madre”. Sus frases son duras, ásperas, pero profundamente humanas. Todos cargamos con recuerdos que preferimos no contar, momentos que nos avergüenzan, heridas que permanecen abiertas. Carlos Martín Briceño convierte esos secretos cotidianos en literatura, pues en esos resquicios de la memoria se define nuestra esencia.

 

 

En un mundo donde todo se vuelve cada vez más efímero y desechable, la narrativa de Carlos Martín Briceño exige detenerse. Es una literatura espesa, cargada de sustancia, de ambigüedad moral. Un caldo de historias que nos desafía, con temas fuertes, tabúes, relatos que hablan de la familia, de la violencia, del deseo, de la culpa, de la hipocresía social y de la identidad yucateca, pero nunca desde el folclor ni la complacencia, sino desde la complejidad de quienes habitamos, vivimos y sufrimos esos mundos.

Desde Al final de la vigilia (2003) hasta El reino de la desesperanza (2024), pasando por libros fundamentales como Caída libre, Montezuma’s Revenge y otros deleites, Toda felicidad nos cuesta muertos y la novela La muerte del Ruiseñor, Carlos Martín Briceño ha construido una de las obras narrativas más sólidas de la literatura mexicana contemporánea. Una obra que documenta épocas, retrata personajes reconocibles y demuestra que las mejores historias —o las peores, por su violencia y crudeza— no suelen ocurrir en lugares extraordinarios, sino a la vuelta de la esquina, entre los muros de la casa o en una conversación cualquiera.

Al terminar la entrevista, pensé en aquel estudiante de secundaria, en la huella que deja en nosotros el tiempo y en la forma en que nuestro entorno nos moldea. Quizá por eso esta conversación también tiene un sentido personal. Más allá de los premios, de las traducciones o del reconocimiento nacional e internacional, Carlos Martín Briceño ha logrado algo todavía más difícil: demostrar que Yucatán no es únicamente un escenario, sino un territorio literario. Ha puesto a nuestra tierra en el mapa de la literatura mexicana sin recurrir al folclor fácil, sino contando a sus habitantes con toda su complejidad, sus conflictos, sus sufrimientos, sus errores y sus tragedias.

Como lector, sólo queda agradecerle. 

 

Por David Montañez.

 

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