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La honestidad del jazz, el arte de la siembra y el valor del tiempo en Gabriel Espinosa

septiembre 17, 2026

El jazz entabla diálogos profundos, conversaciones que fluyen entre lo íntimo y lo universal. Esa misma naturaleza transparente se respira durante el ameno encuentro con el destacado músico, compositor y catedrático yucateco Gabriel Espinosa, al término de la Clase Magistral ofrecida en la Sala de Conciertos del Palacio de la Música–Centro Nacional de la Música Mexicana. Con la fortaleza que otorgan décadas de trayectoria internacional, aborda sin reservas cada arista de su vida artística, desmitificando la industria actual y defendiendo la belleza del proceso creativo hecho a mano.

Al definirse en el mapa musical, el maestro es categórico respecto a su identidad. Aunque algunos lo asocian de inmediato con el instrumento que abraza en el escenario, él establece una jerarquía clara respecto de su vocación. “El noventa por ciento de lo que soy es compositor. Yo toco el bajo, pero me considero un compositor, arreglista, educador, toco el bajo y canto, exactamente en ese orden”. 

Esa mirada autoconsciente es la que sostiene la arquitectura de cada uno de sus proyectos discográficos. Un ejemplo claro de su búsqueda conceptual radica en la fusión de géneros, como la que plasma en su producción Maya Roots, donde entrelaza las raíces locales con el lenguaje universal del jazz. 

Explica que el ritmo de esa obra es sumamente familiar en la península. “El ritmo de seis octavos o de tres cuartos produce un groove que remite a nuestras raíces mayas. Lo único que hago es extenderlo un poco con el permiso de la música e ingresar ingredientes del jazz en la armonía, la melodía y la improvisación. Termina siendo un híbrido, que es exactamente como yo oigo la música”.

 

 

Esa misma exigencia de autenticidad lo llevó a comprender los secretos de la producción en el estudio, una lección que reafirmó al concebir su proyecto Brazilian Project. Gabriel hace una analogía gastronómica para ilustrar la importancia del origen al interpretar un género: “Si tú quieres comer una cochinita pibil, el mejor lugar es Yucatán. Estuve en la Ciudad de México y fui a un restaurante donde había una torta de cochinita, pero sabía a torta del centro del país. Con la música brasileña pasa igual: mis composiciones las envié a dos arreglistas brasileños, Rafael Rocha y Bruno Santos, que se saben ‘el recado’ para hacer esa música, y convocamos a músicos brasileños. No hay mejor manera de tocar música brasileña que como la tocan ellos”.

Con el paso de los años, su enfoque en el estudio de grabación ha evolucionado a la par de la tecnología. Para el compositor, cada disco producido es un curso intensivo que le exige renovación constante, adaptándose a los cambios drásticos de la industria. “Entrar al estudio es aprender algo para mejorar en el siguiente proyecto. Hace treinta o cuarenta años todo se hacía en un estudio tres veces más grande que esta habitación; hoy en día puedes hacer producciones de calidad en un clóset. Tienes que estar actualizado y tener la experiencia para saber operar en ambos mundos”.

Esa evolución tecnológica trae consigo nuevos desafíos éticos y estéticos. Al reflexionar sobre la irrupción de la inteligencia artificial y la prisa de las nuevas generaciones por alcanzar el éxito, el maestro se muestra contundente ante lo que considera un espejismo peligroso. “Lo primero que les digo es: no la toquen, no vayan por ahí, porque es un falso dios que al rato se cae. Si tú haces la letra, te metes a la inteligencia artificial y te lo hace todo, ¿eso es tuyo? No, es de la inteligencia artificial, eso cualquiera lo puede hacer y suena igual. Ahorita quieren que en un día salga una canción, pero ¿sabes cuánto va a durar? Un día. El proceso de nosotros los músicos es la belleza y vida, y ese sentimiento la inteligencia artificial no te lo va a dar. Cuando tocas música original que salió de ti, la gente lo siente porque es transparente. Vamos a las raíces, eso da más satisfacción, aunque lleve más tiempo. Lo bueno toma tiempo”, afirma.

Para Gabriel Espinosa, la disciplina no es una postura, sino un hábito cotidiano. A sus 76 años, mantiene un apetito voraz por el aprendizaje que cultiva en sus trayectos diarios. “Manejo cuatro días a la semana, dos horas diarias, y cada vez que lo hago pongo un álbum en el auto. Si escucho algo que me interesa, llego a la casa, lo transcribo y lo analizo. Mientras más transcribo, más me doy cuenta de lo que no sé”. Esa incesante labor nutre su carpeta de composiciones para piano, donde, tan solo en el verano, compuso cinco temas nuevos, garantizando que la fuente creativa siga dando frutos.

Respecto a los escenarios y el futuro inmediato, el músico trabaja con una temporalidad propia, enfocado en sembrar con paciencia en lugar de exigir resultados inmediatos. “Yo realmente no veo el resto del 2026, yo pienso en el 2027”, confiesa serenamente. “Mi última presentación en Mérida fue en enero de 2017, y desde entonces no he tocado aquí, ni me he vuelto a presentar en la Ciudad de México. Llegará su momento. Lo importante es que yo sigo componiendo, trabajando y produciendo. Para el 2027 ya tengo cuatro conciertos amarrados en Estados Unidos”.

Esa labor de promoción requiere una estrategia seria. Parte del éxito de sus producciones recientes radicó en buscar un mayor alcance internacional al tocar las puertas de sellos especializados como Origin Records, en Seattle, lo que le permitió acceder a vitrinas críticas como la revista DownBeat

 

 

Para lograrlo, aconseja a los artistas independientes que se despojen de romanticismos e incorporen una visión empresarial a su arte. “Hay que quitarse el sueño de las películas de Hollywood de que cantando en la calle te va a descubrir un empresario famoso. Hoy las plataformas suben 125,000 canciones diarias, ¿piensas que te van a descubrir? El músico tiene que ser también un empresario: hablar con la gente, buscar patrocinios, aplicar a convocatorias y saber vender su proyecto. El arte no lo hacemos por dinero, sino por compartirlo, pero la parte económica es fundamental para hacer realidad los sueños”.

Antes de concluir la charla, el maestro asegura que los acercamientos a las nuevas generaciones de músicos es algo que le apasiona, como la Clase Maestra que ofreció en el Palacio de la Música. “Son momentos en los hay una conexión cercana e íntima con quienes asisten, donde les muestro desde el piano cómo compongo, como si entraran a mi oficina… sólo que voy a estar vestido decente”, concluye entre risas, dejando ver la sencillez de un creador que entiende la música no como una carrera de velocidad, sino como un oficio de vida.

 

Por Renata Marrufo Montañez

 

 

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