Hace catorce años, en un rincón de la pizarra de la redacción del Diario de Yucatán, colgué un texto que nació del eco de un teléfono y de la urgencia de un cierre de edición. Se titulaba “Mamá desde un escritorio”. En aquel entonces, mis hijos estaban cerca de cumplir la mayoría de edad y mi vida era un malabarismo constante entre las cuartillas, las fuentes informativas y las llamadas de “larga distancia”, aunque fueran desde la misma ciudad, para saber si la tarea estaba lista o si necesitaban que les llevara algo al salir de la oficina.
Hoy, con la perspectiva que dan las décadas y con una cabellera de canas que escondo entre los rizos, releo esas líneas y mis ojos brillan de felicidad. En 2012, mi aliado era el conmutador, ese que, cuando mis hijos ya sabían marcar el teléfono de la base de la casa de sus abuelos, preguntaban con sus voces infantiles por “la señora Renata Marrufo” para no evidenciar ante la operadora que llamaban a mamá. Con el paso de los años, esas voces se engrosaron hasta convertirse en las de un hombre y una mujer compartiendo sus “choco-aventuras” o sus sueños musicales con la trompeta y el clarinete.
Me dolía el alma cuando el trabajo me arrebataba un solo de trompeta o de clarinete, o cuando alguno de mis hijos metía el gol de último minuto que hacía ganar a su equipo, situaciones que me hacían preguntarme, con el peso del cansancio sobre los hombros, si valía la pena este ritmo. La respuesta, hoy que mis hijos están a punto de cumplir 32 años, es un rotundo y emocionado sí.
La relación ha evolucionado y madurado, pero el hilo invisible sigue siendo el mismo. Aquellos niños con los que hacía maquetas a medianoche hoy son adultos casados, profesionales que han formado sus propios hogares y me han dado el regalo más dulce: el de ser abuela. Verlos convertidos en padres responsables y amorosos me hace comprender que ese “control remoto” desde el escritorio no era ausencia, sino una forma distinta de presencia.
No los “abandoné” con parientes cercanos, principalmente con sus abuelos maternos; les enseñé, sin saberlo, que el amor también es proveer, que la pasión por una vocación es el mejor ejemplo que se puede heredar y que una madre no deja de serlo por perseguir una nota o cerrar una edición.
Hoy las llamadas ya no son para resolver dudas académicas o para otorgar el permiso para ir al parque con los amigos. Ahora el teléfono suena para consultarme o pedir orientación sobre algún trámite, para compartir la última travesura de mi nieto Elí Daniel, la foto del día de las pequeñas y hermosas Julieta y Esther, o simplemente para decirme un dulce “te amo”.
Me llena de orgullo ver que ellos no guardan el recuerdo de una madre ausente, sino el de una madre apasionada. Se sienten orgullosos de que su mami sea una periodista y promotora cultural comprometida, una cronista de la vida que nunca soltó el hilo de sus manos, incluso cuando sus dedos estaban ocupados golpeando las teclas. Hoy, son mi primer filtro cuando escribo un cuento a punto de publicarse y me siento tranquila cuando después de leerlo, el “come libros” de la familia me manda un mensaje por WhatsApp diciendo: “¿Es sobre tu amiga, verdad? Creo que, de todos los cuentos, este es mi favorito”.

La madurez me ha enseñado que la maternidad y la realización profesional no son rutas diferentes, sino caminos que se nutren entre sí, a veces de forma paralela y muchas otras cruzándose o uniéndose en una glorieta. Mi trabajo en el periodismo y en la gestión cultural me ha dado las herramientas para entender el mundo, y ese entendimiento lo he vertido en su educación. A su vez, el amor por ellos le ha dado, y creo que sigue haciéndolo, a mi escritura la sensibilidad que ninguna escuela o facultad enseña.
A las madres que hoy leen estas líneas desde su propio escritorio, sintiendo tal vez esa culpa punzante que a veces nos acompaña, les digo: sí se puede. Se puede ser la mujer que lidera proyectos, que escribe historias y que se apasiona por el arte y la cultura, sin descuidar el día a día de los hijos. La clave no está en el tiempo cronológico, sino en la calidad de la entrega, por muy trillado que suene el mensaje. Mis hijos crecieron viendo a una mujer completa, no a una mujer sacrificada. Aprendieron que el trabajo dignifica y que la pasión es el motor de la vida.
Y es que en este ambiente cultural de Yucatán he tenido la fortuna de cruzar caminos con mujeres extraordinarias que me han demostrado que la vocación y la crianza no son caminos excluyentes. Pienso, por ejemplo, en Adele Urbán Flores, quien lidera la gestión del patrimonio musical del estado con una mano y, con la otra, sostiene la estructura de su hogar, tendiendo puentes entre la tradición y el futuro. No hay mejor ejemplo de pasión y entrega como mujer, profesional y madre.
O en María San Felipe. Su voz y su poesía nos conectan con lo más profundo del alma, pero detrás de esa entrega en cada tema que escribe e interpreta, o en cada línea de sus poemas, hay una mujer que entiende que la palabra hablada tiene el mismo valor en un escenario que en el abrazo a sus hijos, su mayor tesoro, al igual que toda su familia. Porque, como describe en algunos de sus posts en redes sociales: “lo demás se compra”. La maestría de Elena Martínez Bolio me ha enseñado que el arte visual y textil, así como sus letras escritas son un lenguaje de identidad; ella borda la historia de Yucatán mientras teje, con la misma delicadeza, la narrativa de su vida familiar.
Sandra Nikolai es otra mujer a la que admiro, con su mirada sensible tras la lente y los pinceles, con los que captura la esencia de nuestra región sin perder el foco de lo más importante: su rol como pilar de su familia. Y qué decir de la capacidad de gestión y visión literaria de Erica Millet Corona o la pluma comprometida de la escritora Verónica Rodríguez, mujeres que habitan la cultura con una entrega total, sin que ello signifique ausentarse del pulso diario de sus hijos.
Y hay muchas más, pero no me alcanzarían las páginas para nombrarlas y describirlas. Todas ellas, como yo, hemos aprendido que ser “mamá desde un escritorio” —o desde un escenario, un taller o una oficina pública— no es un abandono, sino una lección de vida para nuestros hijos. Les enseñamos que el amor se manifiesta en la provisión, pero también en la realización personal.
Hoy, a mis 35 años de trayectoria, confirmo que ser madre y profesional es el acto de equilibrio más hermoso del mundo. Sigo frente al escritorio, quizás con menos prisa, pero con la misma entrega. Y cuando el teléfono celular suena y escucho esas voces adultas que ahora me llaman “mamá” con la misma ternura de cuando tenían cinco años, sé que cada cierre de jornada, ahora desde el Departamento de Diseño y Comunicación del Centro Nacional de la Música Mexicana-Palacio de la Música, cada concierto perdido y cada “un día más” valieron la pena.
Hoy, a las puertas de los 32 años de mis hijos, puedo decir con certeza que sí valió la pena. Se puede ser una mujer apasionada por su trabajo, entregada a la cultura y al periodismo, y, al mismo tiempo, ser la madre presente que no se pierde el detalle del día a día. La clave no está en la ubicación física, sino en la calidad de la presencia y en el ejemplo de integridad. El mejor legado que podemos dejarles a nuestras hijas e hijos no es sólo el tiempo compartido, sino la imagen de una madre que fue y es feliz cumpliendo su destino. Porque al final del día, la mejor historia que he redactado en mi vida no está impresa en papel, sino que camina, ama y construye su propio destino en las vidas de mi hija Jenifer y mi hijo Daniel.

¡Visita la edición n.° 49 de Escena!


