Hay quienes encuentran en la música una profesión; otros, un pasatiempo; y algunos más, un lenguaje capaz de expresar aquello que las palabras no alcanzan a decir. Para Omar Alfonso Antonio, el piano ha sido todo eso a la vez. Originario de Tabasco, desde niño descubrió, casi por accidente, una conexión con el instrumento que terminaría por acompañarlo durante toda su vida.
Su padre suele contar una historia que Omar apenas recuerda. Mientras enseñaba una sencilla melodía a otro de sus hijos, Omar, que jugaba en otra habitación, comenzó a reproducirla de oído unos minutos después. Aquel momento bastó para descubrir una sensibilidad musical que pronto encontraría cauce en sus primeras clases de piano, cuando apenas tenía siete años.
Desde entonces, el escenario se convirtió en una constante. Primero dentro de la iglesia, donde aprendió a vencer el miedo escénico –no sin antes olvidar por completo una de sus primeras piezas frente al público–, y más tarde en recitales, conciertos universitarios y presentaciones como solista. Siempre acompañado por el mismo instrumento que, con el paso de los años, dejó de ser únicamente un medio de interpretación para convertirse en una extensión de sí mismo.
Entre la música y la ingeniería
A sus veinte años, Omar cursa Ingeniería en Tecnologías de la Información en la Universidad Anáhuac Mayab. Lejos de considerar ambas disciplinas como caminos opuestos, encuentra entre ellas múltiples coincidencias.
La precisión, la estructura, la creatividad y la búsqueda constante de soluciones son elementos que comparten tanto una partitura como una línea de código. No es casualidad que incluso en sus pruebas de orientación vocacional las matemáticas y las artes aparecieran siempre al mismo nivel. Por ahora no piensa renunciar a ninguna de las dos. Su intención es permitir que ambas crezcan en paralelo y descubrir, con el tiempo, hacia dónde conduce cada una.

La música como experiencia
Además de interpretar repertorio clásico y contemporáneo, Omar ha comenzado a explorar la composición. Más que un ejercicio académico, escribir música se ha convertido en una necesidad personal. Una de sus primeras obras nació en una madrugada marcada por el enojo y la decepción. Cuando, meses después, la interpretó por primera vez frente al público, descubrió que aquellas emociones seguían intactas.
Sin embargo, fue durante la interpretación de Fantasía Impromptu, del compositor Roberto Abraham Mafud, cuando experimentó uno de los momentos más significativos de su carrera. Mientras ejecutaba la obra, acompañado por la Orquesta de Cámara de Mérida, la conciencia del escenario desapareció por completo.
“Era yo, el piano y la música”. Durante esos minutos, recuerda, dejaron de existir el público, el teatro y la presión de una presentación. Al terminar la pieza, volvió a la realidad. Pero entendió que ese estado de conexión absoluta era, quizá, una de las razones por las que seguía tocando.
Mirar hacia adelante
Entre sus proyectos más próximos se encuentra la composición de una obra para piano y orquesta, una meta que espera concretar en los próximos meses. Paralelamente, busca adquirir experiencia profesional en el desarrollo de software, sin dejar de lado su actividad musical. También contempla realizar una estancia académica en Sudamérica para fortalecer su formación como ingeniero, convencido de que conocer otras culturas enriquecerá igualmente su manera de entender la música.
Cuando intenta describir el momento que vive actualmente, sonríe y encuentra una imagen sencilla: “Una montaña rusa de emociones”. Quizá esa sea la mejor forma de definir una etapa en la que la curiosidad, la incertidumbre, la disciplina y la pasión conviven todos los días. Porque, al final, más allá de las partituras, los escenarios o los proyectos profesionales, Omar está convencido de que vale la pena confiar en aquello que verdaderamente nos apasiona. “Siempre tengan fe en aquello que les apasiona, porque muchas veces esperamos cosas materiales, pero yo creo que lo que más importa es lo que sentimos al hacerlo”.
Por David Montañez
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