Desde el primer instante en que supo que en la capital de Yucatán se ubica, desde hace ocho años, el Centro Nacional de la Música Mexicana, Paco Rentería no fue un observador pasivo. El músico, productor y guitarrista de talla internacional pidió detalles, estableció contacto con su directora y su equipo y, desde entonces, no han dejado de trabajar para convertir un sueño en realidad: su presentación en la Sala de Conciertos del Palacio de la Música el próximo noviembre.
Al otro lado de la línea telefónica, Paco invita a despojarse de etiquetas. Su fama internacional no ha logrado arrebatarle la sencillez de quien se sabe “hijo de la banqueta”. Celebra 35 años de trayectoria con una madurez que él mismo define como la “plenitud del sauce”: esa capacidad de doblarse ante los vientos de la vida sin romperse jamás.
En esta charla íntima, el músico transita de la nostalgia del adolescente que empezó con ansias al misticismo del hombre que hoy camina descalzo para sentir el universo bajo sus pies.
“Esta charla es un preludio de algo que viene”, me dice con una voz que proyecta paz, refiriéndose a su concierto de noviembre. “No habríamos tenido esta plática si no se hubiese dado la oportunidad de ir a tocar con ustedes en unos meses; en este momento, esto se traduce en una conversación de libertad, presencia y encuentro. Desde que supe de la existencia del Centro Nacional de la Música Mexicana, tengo un motivo para conocer cada día más lo que hacen ahí por la música, el arte y la cultura; irme mimetizando cada vez más a ese espacio que me fascina. Trabajando juntos, lo que hago es devolver un poco de lo mucho que la música me ha dado. Más que un acto de generosidad, es responsabilidad con la comunidad”.
Con la convicción de quien ha recorrido el mundo, Paco asume un nuevo rol. “Créeme, voy a ser un excelente embajador del Centro Nacional de la Música Mexicana, uno silencioso que sea un instrumento para que otros artistas y personas volteen y reconozcan la inmensurable belleza que tiene y lo que están haciendo por la música”.
Al hablar de estos 35 años, le pregunto qué le diría hoy a aquel joven que apenas comenzaba. Paco suspira, como si viajara en el tiempo. “Híjole, me confrontas conmigo mismo. Yo creo que lo más bonito sería darle un abrazo y decirle que hemos llegado a un momento de plenitud y tranquilidad en el que, sobre todo, ya no son esas ansias, sino ese disfrute de tocar. Sería abrazar al adolescente con ese bagaje, con esa historia bonita, regular y triste, como son las historias de todos: un subir y bajar, en la que hoy tengo afortunadamente una plenitud de corazón, de mente y de alma que me permite tener una claridad en cada paso que doy. Eso me ayuda muchísimo a tener una conexión mucho más rica con mi arte, con la gente, con mi entorno… es que, después de un tiempo, mi corazón y mi mente se han puesto de acuerdo con las eternas discrepancias de la vida”.
Sin embargo, el éxito ha tenido sus costos. Al indagar sobre el sacrificio más grande, Paco no menciona el cansancio, sino el afecto. “El sacrificio siempre va a ser el tiempo que les robas a tus seres queridos y el que dejas de darle a tu país. He pasado demasiado tiempo fuera. Por eso, cuando regreso a México, me doy la oportunidad de conocerlo más, sus playas, bosques, desiertos… tenemos un hermoso país”.
Sus relatos evocan rincones distantes. Me habla con pasión del Festival Hue de Vietnam y de su debut en Alejandría. “Vietnam es algo que descubrí de una manera increíble, con una cultura tan parecida a la de México. Es un pueblo que viene de abajo, noble; su gente te abraza con una sonrisa cuando le rompes el caparazón. Ahí, en una provincia donde el agua y la historia se fusionan, me rendí a sus pies. Lo mismo en la Ciudad Imperial; ahí entendí que la música instrumental no es una traducción, sino que flota sobre las culturas. La gente usa su propio idioma en cada país. En Alejandría fue un vértigo similar, rodeado de historia y literatura; fueron momentos de liberación y rebeldía que quedan como una vivencia luminosa”.
Esa conexión global lo ha llevado a ser el Embajador Musical de México, cerrando siempre sus conciertos izando la bandera mexicana junto a la del país anfitrión. “Es que hablar de ser mexicano es todo. Es tener una vida luminosa, es una fiesta. Pero también es complejo porque cargas con una cultura inmensa que a veces se malentiende. Cada vez que puedo, les digo: ¡Este es mi México, no el del cliché del rancherito durmiendo junto al nopal, sino el ecléctico que crece! Mostrar la bandera no es patriotismo ciego, es agradecimiento y una manera de exclamar: ¡miren hasta dónde llegué! Es reconocer que la música es un puente que une.
“Por eso, mostrar la bandera de México en mis presentaciones no es patriotismo ciego, sino agradecimiento y una manera de exclamar: ¡este es mi país y estoy muy orgulloso de él, miren hasta dónde llegué! Estoy muy orgulloso de mi país, de sus colores, de su arte y de su música. Y al mostrar la bandera de México junto a la del país anfitrión, se reconoce que la música es un puente entre culturas. Ser mexicano en el mundo es ser embajador de una tierra que sabe reír y llorar, que tiene pasado y presente, que ama y es rica en tradiciones, lo que me obliga a mostrar lo genuino y unirlo a través de dos banderas en medio de la música”.

Es imposible no preguntarle a Paco en qué momento de sus 35 años de carrera, el creador de temas famosos a nivel internacional como “El ritmo de la sangre”, “La leyenda del Zorro”, “Mariachi” y “Embrujo”, entre muchos otros, sintió que finalmente encontró su estilo y su “voz”, que no se parecen a los de nadie más. “Creo que cuando vas entendiendo que la música no es egoísta, sino que debe abrazar culturas, influencias, almas y corazones. Ha sido un ir develando y quitando cánones y clichés; ser más ‘purista’ al reconocer que lo puro no es lo viejo, sino lo del corazón. A veces hay que romper y saltar, lo cual demuestra que he sido muy inquieto en mi vida. Por ello decidí incorporar esta manera de pensar con libertad en mi vida personal y profesional. Ser free play en la música.
Sin duda, el músico ha encontrado su voz a través del free play, una filosofía de libertad absoluta. Me confiesa que antes de salir al escenario, necesita un trance particular. “Lo más importante es tener una respiración con la guitarra. No estoy ansioso; disfruto cada segundo porque este podría ser el último concierto de mi vida. Busco estar sólo diez o quince minutos, sin que nadie me interrumpa. Dejo de respirar por mí mismo para comenzar a hacerlo desde la guitarra y entregarme con pasión y sudor”.
En ese escenario, cada melodía es un soundtrack de su vida, incluso las dolorosas. “Los temas surgen de momentos explícitos, de cicatrices. Se trata de que la nostalgia se vuelva vivificante, y parte de lo que hoy me mueve, me hace y de lo que yo soy”.
A pesar de los éxitos, Paco mantiene los pies, literalmente, sobre la tierra. Habla de su hogar y de un espacio particular que describe con honestidad brutal, porque al bajar del escenario, el traje del artista se queda en el perchero.
Le menciono su famosa “egoteca”, ese librero lleno de premios y reconocimientos en su casa. “Bueno, ese es sólo un guiño”, ríe con humildad. “Vengo de lo más bajo, de la banqueta y la tierra. Si no volteo a ver a ese niño, estoy perdido. Al Paco de hoy le gusta lo que ve en el espejo porque dejó colgados el traje del ego, la soberbia y la vanidad, que son el cáncer del ser humano. Yo no puedo ser uno ante el público y otro en mi casa. Soy demasiado orgánico; incluso podría vivir encerrado en medio del Amazonas. Esos premios son sólo para recordar con agradecimiento a los públicos que conocí”.
En la intimidad de su hogar, Paco es un hombre de placeres sencillos. “Me levanto con lagañas y aliento a centavo”, bromea. “Me gusta escribir, leer de todo, desde metabolismo, hasta mecánica cuántica. Amo cocinar, nadar… creo que debí haber sido delfín. Y siempre ando descalzo, en la casa y en la calle, si se puede”.
Ese deseo de libertad lo llevó a romper el cliché del “músico serio”. “El free play es ser un músico sin etiquetas que mezcla lo hispano con lo balcánico o gitano. El cliché más difícil fue decidir dedicarme a esto y no a una carrera convencional”. Esa conexión con lo natural se refleja en su visión del arte: “Frente al océano te sientes pequeño, pero abrazado. Si vives eso descalzo, sintiendo la arena, te desconectas. Un atardecer, para mí, puede sonar de muchas maneras tras quedar tatuado en mi piel; ese erotismo del mar se vuelve melodía. Pero primero me tiene que llenar a mí, para que luego pueda gustar a los demás”.
Casi al final, hablamos de la vulnerabilidad, algo que Paco no teme mostrar. “Lo que más me hace vulnerable es el mal sentido de la justicia. Muchos usan la vulnerabilidad como debilidad, pero yo prefiero no protegerme con búnkeres”.
Al preguntarle cómo desea ser recordado cuando su música sea lo único que quede, su respuesta es profunda: “Es más importante estar conectados con los fotones del alma que dejo en lo que escribo y toco. Más que por la música, prefiero que sea por los momentos con la gente cercana y por las conversaciones. La memoria convencional olvida, pero la memoria del corazón es la que nunca olvida”.
Antes de despedirse, Paco suelta una carcajada genuina. “¿Qué podría agregar a esta charla que me ha marcado? Sentí que fue una sesión psiquiátrica o psicológica, ¡pero me encantó porque quita cargas que no debemos llevar!”. Así es Paco Rentería: un hombre que, entre cuerdas y verdades, ha aprendido a fluir con la libertad del viento.

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