En el marco de los 70 años de la Alianza Francesa de Mérida, se inauguró una exposición singular: una selección inédita de obras del maestro Gastón González César, artista con más de seis décadas de trayectoria en la escultura, el dibujo y la pintura. Esta muestra, que estuvo disponible hasta el 27 de junio del presente año, no sólo representó una oportunidad para adquirir piezas nunca antes expuestas, sino que ofreció también una mirada profunda hacia los símbolos esenciales de la cosmovisión maya a través de la sensibilidad de un creador que ha sabido fusionar el arte moderno con el pensamiento ancestral.

Desde la década de los setenta, González ha tejido un universo visual en el que se entrelazan tres grandes reinos —el animal, el vegetal y el mineral—, todos vinculados por dos elementos constantes y esenciales en su obra: la presencia humana y el agua. La mayor parte de los trabajos los considera dibujos, aclara el artista, aunque algunas piezas también incluyen pintura, como “La ceiba negra”, obra central de la exposición. Este cuadro, inspirado en el Popol Vuh de los mayas quichés, representa uno de los cuatro ejes del universo según la cosmogonía maya. La ceiba, vista desde arriba, se convierte aquí en una alegoría visual que conecta cielo, tierra y subsuelo, integrando elementos como piedras, cristales de roca, guajolotes, maíz y frijol, en un tejido simbólico tan poético como poderoso.

Una obra en intergeneracional
González no trabaja en soledad. Su hijo, José Gastón González Huerta, diseñador industrial, ha colaborado activamente en la producción, el enmarcado y la museografía de la muestra. Juntos han logrado presentar una serie compacta pero sustancial, adaptada al espacio de la galería. “La galería no se presta para poner tantas piezas, pero la selección abarca una narrativa que hemos trabajado por más de 20 años”, señala José Gastón. Parte de ésta proviene directamente del Popol Vuh, mientras que otras piezas incorporan mitologías contemporáneas y populares —como la figura del chupacabras— lo que otorga a la obra un carácter híbrido entre lo ancestral y lo moderno.

El maestro Gastón González pertenece a la generación de la Ruptura, movimiento artístico que marcó una transición fundamental en el arte mexicano tras el muralismo. Contemporáneo de figuras como José Luis Cuevas, Francisco Toledo y Arnold Belkin, González ha mantenido una práctica artística constante, marcada por una inclinación hacia el abstraccionismo lírico y una búsqueda de la espiritualidad visual. En sus palabras, el arte es un “pequeño grano de arena acumulable para el enriquecimiento espiritual del espectador”.
A lo largo de su carrera ha expuesto en diversos espacios nacionales e internacionales. Uno de los momentos más destacados fue su participación, en colaboración con Japón, durante una exposición organizada por el MACAY en 2010, situada en el Paseo Montejo. Allí presentó una escultura en hierro de más de dos metros, diseñada por él y ejecutada por su hijo, en una muestra intergeneracional de oficio y sensibilidad artística.

Más allá de la forma
La exposición presentada en la Alianza Francesa no fue sólo una muestra de técnica, sino también de pensamiento. Cada obra está cargada de una intención narrativa que, sin imponer un significado cerrado, invita al espectador a reconstruir su propio viaje interior. “Les pongo un título a la mayor parte, pero también lo dejo a la imaginación del espectador”, comparte González.
Los temas que abordan las obras —animales, flores, árboles, piedras, grietas o agua— no son simplemente elementos naturales. En el trazo del artista se convierten en símbolos de una memoria más grande, de una conexión entre los reinos de la existencia y el del misterio de lo invisible.

En el marco del aniversario de la Alianza Francesa, esta exposición no sólo celebra el legado vivo de Gastón González —figura clave en el arte yucateco y nacional—, sino que invita a un reencuentro íntimo con el asombro y con lo sagrado de la naturaleza, a través de una obra que respira tiempo, símbolos y memoria. Abierta al público hasta el 27 de junio, la muestra reunió obras inéditas que, por primera vez, estuvieron disponibles para su compra, brindando a los visitantes la posibilidad de llevar consigo no sólo una pieza original, sino también una parte del universo poético del artista. Una ceiba negra, los tres reinos —animal, vegetal y mineral— y el agua como vínculo esencial: así se despliega la visión de González como un mapa espiritual que crece y se transforma en cada mirada que lo recorre.



