En la intimidad luminosa del Salón Cielo, espacio perteneciente a la Galería de Fabricio Vanden Broeck, en Mérida, el artista Ricardo Cortés —conocido en el ámbito visual como HUAYCO— presenta su más reciente exposición: Mirar la Ausencia. Su obra es una que se adentra en la memoria, en las sombras de lo perdido y en la posibilidad de reconstruir lo invisible. Conversamos con él tras la inauguración, un momento que describe como “intenso en todos los sentidos”, un punto de encuentro entre su obra, el público y las múltiples interpretaciones que una ausencia puede convocar.
Una inauguración que se queda en el cuerpo
Ricardo recuerda la apertura de la muestra con una mezcla de vértigo y gratitud. Mérida, dice, posee “una energía especial, un tiempo suspendido que encaja perfectamente con la exposición”. El Salón Cielo, con sus texturas, su historia y su atmósfera contenida, se convirtió en el marco ideal para el recorrido emocional de la serie.
“El público llegó con curiosidad, con respeto. Se acercó a mirar, a preguntar, a sentir”, comparte. Para el artista, los momentos más significativos fueron aquellos silencios prolongados frente a ciertas piezas, silencios que hablan, que reflexionan, que dialogan sin palabras. “Hubo una lágrima que se derramó. Hubo coincidencias en las ausencias. Eso vale más que cualquier comentario”.
La exposición, asegura, se sostuvo sola. No necesitó explicación ni guía: “Intenté que la gente conectara por su cuenta… y sentí que la obra resistió”. Al final, lo importante fue que cada visitante encontró un rastro propio en cada fragmento, un punto donde su memoria se rozara con la del artista.
La ausencia como presencia
En la obra de HUAYCO orbita un concepto tan cotidiano como complejo: la ausencia. Para él, lo ausente no es vacío ni es abandono; es una presencia insistente, un eco que no desaparece. “La ausencia es lo más presente que tenemos”, reflexiona. “Somos seres nostálgicos y esa nostalgia es la ausencia del pasado que anhelamos”. La ausencia se manifiesta en lo que falta, pero también en lo que se reconfigura: una mirada incompleta, una actitud apenas insinuada, un objeto gastado, una época evocada más que descrita.
La memoria aparece como mecanismo y consecuencia: reconstruye, inventa y rellena grietas con ficción y deseo. Esa imperfección está en sus materiales, en sus texturas desgastadas, en sus decisiones de no saturar y de aceptar el error como parte de la narrativa. “Para mí, la ausencia es algo que está, pero no podemos ver, como la sombra del eco. Es el país donde habita lo que no puede desaparecer del todo”. En cada obra hay un intento de dar forma a lo intangible, de abrazar lo que quedó a medias. Mirar la ausencia, entonces, es también mirar lo que aún se mueve dentro de nosotros.
Una pieza que abrió una puerta
Entre todas las obras expuestas, hay una que Ricardo reconoce como su favorita. No está en venta y tampoco tiene título. Nació, dice, del duelo por la pérdida de su prima y de la imposibilidad de recordar a un ser querido en su totalidad: “Cuando recuerdas a alguien lo haces por partes, a veces en secciones emocionales, a veces en fragmentos del rostro”.
La pieza surgió de errores técnicos, de permitir que el material tomara decisiones propias, de soltar el control. Ese gesto lo llevó a descubrir un nuevo camino estético y filosófico: el Wabi Sabi, la belleza encontrada en la imperfección y en la transitoriedad. “Esa obra me cambió la mirada”, confiesa. “Fue mi puerta. Me obligó a aceptar que la belleza y la alegría también pueden ser la destrucción y la tristeza”. A partir de ella, su práctica giró hacia esa vulnerabilidad, hacia la fragilidad como modo de conocimiento.
La pieza primogénita se convirtió en el corazón de la exposición, en el punto desde donde Mirar la Ausencia adquirió tono, dirección y profundidad. En ella convergen memoria, reconstrucción y descomposición: los tres ejes que sostienen la poética del artista.
Mirar lo que ya no está y permanece
La exposición de HUAYCO no solo invita a contemplar imágenes: propone un ejercicio íntimo de memoria. Con cada obra, el espectador atraviesa su propio catálogo de ausencias, confronta lo que se ha perdido, lo que se transformó, lo que nunca se completó.
En un mundo saturado de presencias instantáneas y discursos veloces, Mirar la Ausencia se vuelve un espacio para respirar, para mirar hacia adentro, para aceptar las sombras y, desde ellas, volver a construir. Más que una exposición, es una experiencia emocional contenida en materia, textura y silencio; un recordatorio de que la ausencia no es un final, sino una forma distinta de permanencia.

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